Una carta pastoral

Una carta pastoral

Hace unos años atrás, en el distrito que trabajaba, conocí a una familia que se había apartado de la Iglesia hacía un tiempo.

 

Estimado Pastor,

Hace unos años atrás, en el distrito que trabajaba, conocí a una familia que se había apartado de la Iglesia hacía un tiempo. Los visité y comencé a conocer su historia, que por cierto estaba cargada de desacuerdos y rencores contra ex hermanos, pastores y dirigentes de iglesia.

Eran ese tipo de personas difíciles, pero a la vez percibí en ellos deseo de volver a congregarse.

Los visité varias veces más, y en cada visita dediqué un tiempo especial a escucharlos, a dialogar y a responder a inquietudes teológicas y prácticas; y a orar juntos. Poco a poco su actitud fue cambiando y aproveché la oportunidad para desafiarlos a servir al Señor de todo corazón. Con el tiempo comenzaron a asistir a la iglesia, a diezmar y lo más importante, a compartir su fe con otros.

Pasado un par de años tuve la alegría de verlos en el liderazgo de la iglesia entusiasmando a otros a trabajar por el Señor.

Un día, en una de las charlas que mantuvimos el hermano me dijo: es la primera vez que un pastor se sienta a conversar conmigo abiertamente y no está esa “distancia” que muchas veces marcan.

Ese comentario me hizo sacar varias reflexiones:

–          Los pastores somos, por sobre todas las cosas, hijos de Dios necesitados de afecto como cualquier otro hermano. Ellos necesitan vernos afectuosos e interesados por sus luchas y decepciones.

–          Nos cuesta acercarnos a los hermanos “difíciles” porque muchas veces otros hermanos nos prejuician contra ellos.

–          Detrás de cada ser humano hay un potencial que Dios puede usar para su honra y gloria. Nuestra tarea es guiar a esas persona a Dios para que él pueda hacer de ellos instrumentos útiles para salvación.

–          No demos ningún caso por perdido, Dios no lo da. El tiempo y el cariño pueden hacer la diferencia y marcar vidas para siempre.

2 Timoteo 2:25-26 dice: “Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad,

y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él”.

 

¡Dios nos guíe para que podamos ser pastores dedicados y afectuosos a quienes pueda usar para rescatar a los que el enemigo tiene retenidos!

 

Pr. Anónimo. 

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